Esta mini-historia la hice para el rol que tengo con unos amigos en Dungeons and Dragons. El personaje protagonista en vez de ser un gato, es una raza lupina que creamos con las mismas características.
La historia trata de que él ha traicionado todos los valores de su raza para seguir sus ideales de ser paladín y, gracias a su determinación, la diosa se ha fijado en él.
Espero que disfrutéis este relato tanto como yo, me hace mucha ilusión expandir el lore de mis personajes.
Hago comisiones de relatos en español de un máximo de 10 páginas a 5€ el relato. Interesados mandadme una nota!
Tras el combate, Siotk no se creía lo que acababa de pasar, pero sus ánimos no duraron
mucho cuando su adrenalina descendió al instante y todo el dolor de todas las heridas le
hizo marearse y caer al suelo rendido a su suerte. Después de que todo el ruido cesase,
algunos sacerdotes, sacerdotisas y monjas salieron de sus escondites a ver qué había
ocurrido para encontrarse al joven Rakshasa en el suelo en sus últimos halos de vida
bañado en sangre. Ver a este demonio solo hizo que su miedo volviese y el primer
pensamiento que tuvieron fue acabar con su vida lo más pronto posible, así que se
acercaron con una daga y la levantaron rezando cánticos de sacrificio. Cuando el joven
demonio cerró los ojos esperando el momento tensando su cuerpo, oyó un grito, varios
golpes y el resonar del hierro contra una roca.
-¿Qué haces…?_ susurró Siotk con sus pocas fuerzas.
-Salvarte, imbécil. ¿Es que no lo ves? Todo lo que has leído y aprendido en esos libros son
sandeces, esta clase de seres solo quieren tu muerte y la desaparición de nuestra raza, ¿a
caso esperabas una ovación y un cuidado para "su héroe"? Eres un demonio, te odian, te
tienen miedo.
Las palabras fueron más hirientes que las garras con las que fue arañado minutos atrás.
Siotk soltó un gruñido de rabia y levantó la mirada como pudo para confirmar la voz que
había oído.
-Alamvusha, vete… esto es lo que decidí, no pagues las consecuencias de mis actos… Que
no te odien a ti también...
-A veces no eres más tonto porque no te entrenas. ¿Crees que después de haberte
defendido tantas veces voy a dejarte morir ahora? La llevas clara, antes te vuelves con
nosotros y-
-¡No!_ tras el pequeño grito Siotk se resiente desplomándose en el suelo nuevamente,
simplemente gruño mientras murmuraba cosas en demoníaco que Alamvusha no pudo oír
antes de caer desmayado de dolor.
-Cabeza de melón…
El combate siguió acorde al plan que Alamvusha planeó. Junto a quienes le atacaban para
finalmente desarmarlos y tirandolos al suelo para que le escuchasen.
-¡Escuchadme! No os voy a matar, por esta vez, pero me tenéis que prometer que sanaréis
y cuidaréis a mi amigo Siotk. Él ha dado casi su vida por vosotros, vuestra iglesia y vuestra
diosa, la cual lo ha convertido en paladín, en una lucha contra su propia especie y
familiares. Espero que le correspondáis como toca, él…_el corto silencio que hizo
Alamvusha puso nerviosos a los clérigos, pero este los miró de nuevo_ él está de vuestra
parte. Estáis avisados.
Al decir esto, dio media vuelta y se marchó ágilmente de nuevo al bosque de donde salieron
para atacar a la iglesia. Los clérigos se miraron los unos a los otros y pidieron al sacerdote
de Hestia una explicación. Este asintió y afirmó que debían salvaguardar a aquel demonio.
Todos, patidifusos, abarcaron la decisión del sacerdote y movieron al joven como pudieron
hasta una de las camas del templo. Una vez allí, el sacerdote del templo acudió a la diosa
para saber tratar las heridas del Rakshasa y para poder mantenerle mínimamente con vida.
Le vendaron y trataron las heridas acomodando su posición en la cama donde estaba.
Después de unos días de descanso, por fin despertó. Adolorido por sus heridas, gruñó
suavemente y observó a su alrededor. Gran parte de su torso estaba vendado, así como
algunas partes de sus extremidades. Tenía unos trapos calientes en la cara y un par de
clérigos sentados a su lado observándole. Parecían preparados para cualquier imprevisto,
pero a la vez mantenían una expresión empática. A pesar de todo lo que había ocurrido,
Siotk, para su especie, todavía era un niño y aparentaba como tal: un cachorro Rakshasa.
Al ver a ambos observadores y reconocer que no estaba junto a su clan, le hizo sentir la
mayor sensación de alivio que había sentido nunca. Se acomodó adoloridamente y sonrió
en un ápice de felicidad por estar en el lugar que deseaba estar. Gracias a esta reacción,
los dos clérigos miraron con cierta ternura al cachorro calmando su ligera incertidumbre y
desconfianza.
-Gracias..._ dijo Siotk cerrando de nuevo los ojos.
Los días pasaron y las heridas fueron sanando. Gracias a los tratamientos de los clérigos, y
a una ligera ayuda de la diosa, el joven Siotk empezaba a andar por los pasillos del templo.
Poco a poco terminó su completa recuperación y llegó el momento, tras haber estado ya un
tiempo en el templo, que el sacerdote le pidió una charla a solas con él. Se sentía asustado,
pues no sabía exactamente qué iba a ocurrir. El sacerdote lo hizo sentar en una silla bien
decorada con algunos acabados muy bonitos frente a una mesa en la cual había una
pequeña estatua tallada enmedio y se sentó en otra silla la cual llevaba un cojín debajo.
Nunca había visto algo así, todo era muy nuevo para él en ese templo y cada día descubría
una nueva zona con nuevos libros, objetos,estatuas y decoraciones. Todo era genial en su
nuevo hogar.
-¿Qué es lo que realmente quieres, demonio? _dijo el sacerdote de forma seria, pero
calmada.
A Siotk le sentó un poco mal la pregunta y el adjetivo que todavía seguía persiguiéndole
pese a haber estado ya tres meses en aquel templo. Pensó durante unos segundos mirando
directamente a los ojos al sacerdote y, con gran firmeza, puso su mano sobre la mesa. Su
corta edad no era igual a su gran capacidad de pensamiento.
-Agradeceros la hospitalidad y... _suspiró, algo nervioso, y volvió a coger aire._ ¡Quiero ser
un paladín de la diosa Hestia! ¡Entrenadme, por favor!
El chico había levantado un poco la voz llamando la atención de algunos clérigos que
estaban cerca. Todos tenían ojos como platos al oír aquellas palabras, pero el sacerdote
seguía sereno. Sabía algo.
-Es curioso… La diosa me pidió que te entrenase, pero nunca esperé ningún tipo de
determinación por parte de un ser como tú. No entiendo como un demonio siquiera piense
en ser un paladín de una diosa ni mucho menos como esta lo acepte como tal, pero haré lo
posible para que todo ocurra como ella me ha pedido, joven Siotk. Te daré una sola
oportunidad y, como se te ocurra hacer cualquier maldad, seré yo mismo quien se enfrente
a ti. Graba mis palabras.
El silencio tras estas palabras heló la sangre al jovenzuelo, el cual miró con algo de miedo
imbuido en tristeza y rabia. El sacerdote contestó con una mirada desafiante contra tal
expresión y avisó a diversos clérigos para que le llevasen a su primer entrenamiento.
-Seré el mejor de los paladines que hayáis tenido en este templo. _dijo Siotk una vez
llegaron los clérigos.
-Eso quisiera verlo, pequeño. Crecerás y te criarás con nuestras costumbres, atente a ellas.
La tensión se palpó en el ambiente después de aquellas dos frases, tanto que los clérigos
tiraron ligeramente de los nuevos ropajes del joven para apartarlo del sacerdote.
Durante el paso por los largos y decorados pasillos del templo se mantuvo completo
silencio, únicamente se oían los pasos de la gente que pasaba y de ellos mismos andando
por el pasillo. Llevaban unos minutos andando, todo el trayecto el joven andaba pensando
en lo que había acabado de ocurrir entrando en un círculo vicioso de rabia y prepotencia
hasta que ya no se pudo contener más. El joven cogió aire y, justo cuando iba a abrir la
boca, el clérigo a su derecha le interrumpió.
-Ya hemos llegado, pequeño._ dijo con un suave alivio en su voz.
Abrió una puerta con un adorno que brillaba en su centro, un escudo dorado chapado en la
puerta brillaba de forma reluciente. No contento con la suave, pero bonita, presentación, al
abrir la puerta, la luz solar del día cegó de sopetón los ojos del joven que, tras aclarar su
vista, sonrió frente al paisaje que siempre había soñado con ver. Un gran campo vallado
decorado con muñecos de práctica, equipos, armas, escudos, armaduras e, incluso,
caballos se alzaba ante él. Varias razas se entrenaban en el campo con falsas armas
combatiendo entre ellos mientras una especie de profesor guiaba y explicaba las formas
más precisas de atacar. Nunca había visto algo así. A Siotk hacía mucha ilusión empezar
con su entrenamiento, la diosa que tanto había leído en el pasado había hecho caso a sus
plegarias y le había recomendado para formar parte de las filas de sus paladines. Era un
sueño hecho realidad con el que, además, iba a demostrar al sacerdote que, pese a ser un
demonio, el rasgo de paladín lo podría remarcar con mucho orgullo.
Entrenó y entrenó, estudió y estudió, se esforzó y se volvió a esforzar. Su vida era día y
noche aprendizaje contínuo, quería ser el mejor. Poco a poco se fue forjando un lugar entre
los paladines de la zona gracias a los enormes avances que era capaz de hacer en menos
tiempo que los demás, ganó una pequeña fama por su determinación y porque, la Diosa,
Hestia, se había fijado en él y mantenía su punto de mira en los avances del joven aprendiz.
Pronto la fama dio paso a un pequeño grupo de gente que, llevada por la envidia, intentó
hacer lo posible para que Siotk no tuviese un brillante futuro. El sacerdote no dejaba de
hablar del joven demonio y como la Diosa deseaba tanto que el camino que estaba
emprendiendo como paladín fuese a más haciendo que otros paladines y algunos clérigos
sintiesen rabia por ese favoritismo que tenía la Diosa.
Harto de tanta estupidez, Siotk decidió emprender un viaje por las ciudades de distintos
reinos estudiando y entrenando en tantas iglesias, conventos, caballerías y bibliotecas como
fuere posible. Consiguió desarrollar su sabiduría como paladín, sabía pelear muy bien, era
conocedor de mucha información acerca de Hestia y sabía cómo hablar ante sacerdotes.
Todo el entrenamiento en ese templo y la iglesia cercana fueron de grandísima ayuda para
el joven, pero no podía quedarse ahí.
- En vista de que ni para esto podéis dejar vuestros sentimientos apartados, he decidido
marcharme de este templo a explorar el mundo y a aprender mucho más de lo que me
ofrecéis vos y su agradable y falso cotilleo de la Diosa sobre mí para poner a sus pupilos en
mi contra. Gracias por la hospitalidad de los demás clérigos durante todos estos años,
gracias a usted por haber seguido los deseos de la Diosa de no asesinarme y entrenarme y
gracias por hacer ver que los progresos de un “demonio”, como me sigue llamando cuando
habla con otros, son mucho mejores que los de sus enchufados pupilos que solo saben que
envidiarme sin poner el mínimo esfuerzo en lo que hacen para intentar ser mejores que yo.
Me marcho de este templo. Quizás no vuelva nunca, pero volverá a saber de mí y, cuando
eso ocurra, será por mis grandes hazañas y por ayudar a los demás templos en sus
distintos cometidos. Bendecidos sean todos, hasta más ver.
Después de estas palabras, Siotk, ya preparado para partir, dio media vuelta y salió del
templo con la cabeza bien alta y los ánimos todavía más elevados.
Pasó años por todo Eshana adquiriendo conocimientos religiosos y entrenándose como un
formidable guerrero visitando los diferentes templos y bibliotecas. Gracias a todo esto,
consiguió estar al tanto de la gran fiesta dedicada a los dioses, algo que no se podía perder
por nada en el mundo. Fentia, su nuevo destino, donde solo iba a venerar a su diosa, quien
le proporcionó la fuerza necesaria para afrontar todo lo que le ocurrió, fue el final de una
etapa y el inicio de otra. Fue donde una nueva vida empezó.
La historia trata de que él ha traicionado todos los valores de su raza para seguir sus ideales de ser paladín y, gracias a su determinación, la diosa se ha fijado en él.
Espero que disfrutéis este relato tanto como yo, me hace mucha ilusión expandir el lore de mis personajes.
Hago comisiones de relatos en español de un máximo de 10 páginas a 5€ el relato. Interesados mandadme una nota!
Tras el combate, Siotk no se creía lo que acababa de pasar, pero sus ánimos no duraron
mucho cuando su adrenalina descendió al instante y todo el dolor de todas las heridas le
hizo marearse y caer al suelo rendido a su suerte. Después de que todo el ruido cesase,
algunos sacerdotes, sacerdotisas y monjas salieron de sus escondites a ver qué había
ocurrido para encontrarse al joven Rakshasa en el suelo en sus últimos halos de vida
bañado en sangre. Ver a este demonio solo hizo que su miedo volviese y el primer
pensamiento que tuvieron fue acabar con su vida lo más pronto posible, así que se
acercaron con una daga y la levantaron rezando cánticos de sacrificio. Cuando el joven
demonio cerró los ojos esperando el momento tensando su cuerpo, oyó un grito, varios
golpes y el resonar del hierro contra una roca.
-¿Qué haces…?_ susurró Siotk con sus pocas fuerzas.
-Salvarte, imbécil. ¿Es que no lo ves? Todo lo que has leído y aprendido en esos libros son
sandeces, esta clase de seres solo quieren tu muerte y la desaparición de nuestra raza, ¿a
caso esperabas una ovación y un cuidado para "su héroe"? Eres un demonio, te odian, te
tienen miedo.
Las palabras fueron más hirientes que las garras con las que fue arañado minutos atrás.
Siotk soltó un gruñido de rabia y levantó la mirada como pudo para confirmar la voz que
había oído.
-Alamvusha, vete… esto es lo que decidí, no pagues las consecuencias de mis actos… Que
no te odien a ti también...
-A veces no eres más tonto porque no te entrenas. ¿Crees que después de haberte
defendido tantas veces voy a dejarte morir ahora? La llevas clara, antes te vuelves con
nosotros y-
-¡No!_ tras el pequeño grito Siotk se resiente desplomándose en el suelo nuevamente,
simplemente gruño mientras murmuraba cosas en demoníaco que Alamvusha no pudo oír
antes de caer desmayado de dolor.
-Cabeza de melón…
El combate siguió acorde al plan que Alamvusha planeó. Junto a quienes le atacaban para
finalmente desarmarlos y tirandolos al suelo para que le escuchasen.
-¡Escuchadme! No os voy a matar, por esta vez, pero me tenéis que prometer que sanaréis
y cuidaréis a mi amigo Siotk. Él ha dado casi su vida por vosotros, vuestra iglesia y vuestra
diosa, la cual lo ha convertido en paladín, en una lucha contra su propia especie y
familiares. Espero que le correspondáis como toca, él…_el corto silencio que hizo
Alamvusha puso nerviosos a los clérigos, pero este los miró de nuevo_ él está de vuestra
parte. Estáis avisados.
Al decir esto, dio media vuelta y se marchó ágilmente de nuevo al bosque de donde salieron
para atacar a la iglesia. Los clérigos se miraron los unos a los otros y pidieron al sacerdote
de Hestia una explicación. Este asintió y afirmó que debían salvaguardar a aquel demonio.
Todos, patidifusos, abarcaron la decisión del sacerdote y movieron al joven como pudieron
hasta una de las camas del templo. Una vez allí, el sacerdote del templo acudió a la diosa
para saber tratar las heridas del Rakshasa y para poder mantenerle mínimamente con vida.
Le vendaron y trataron las heridas acomodando su posición en la cama donde estaba.
Después de unos días de descanso, por fin despertó. Adolorido por sus heridas, gruñó
suavemente y observó a su alrededor. Gran parte de su torso estaba vendado, así como
algunas partes de sus extremidades. Tenía unos trapos calientes en la cara y un par de
clérigos sentados a su lado observándole. Parecían preparados para cualquier imprevisto,
pero a la vez mantenían una expresión empática. A pesar de todo lo que había ocurrido,
Siotk, para su especie, todavía era un niño y aparentaba como tal: un cachorro Rakshasa.
Al ver a ambos observadores y reconocer que no estaba junto a su clan, le hizo sentir la
mayor sensación de alivio que había sentido nunca. Se acomodó adoloridamente y sonrió
en un ápice de felicidad por estar en el lugar que deseaba estar. Gracias a esta reacción,
los dos clérigos miraron con cierta ternura al cachorro calmando su ligera incertidumbre y
desconfianza.
-Gracias..._ dijo Siotk cerrando de nuevo los ojos.
Los días pasaron y las heridas fueron sanando. Gracias a los tratamientos de los clérigos, y
a una ligera ayuda de la diosa, el joven Siotk empezaba a andar por los pasillos del templo.
Poco a poco terminó su completa recuperación y llegó el momento, tras haber estado ya un
tiempo en el templo, que el sacerdote le pidió una charla a solas con él. Se sentía asustado,
pues no sabía exactamente qué iba a ocurrir. El sacerdote lo hizo sentar en una silla bien
decorada con algunos acabados muy bonitos frente a una mesa en la cual había una
pequeña estatua tallada enmedio y se sentó en otra silla la cual llevaba un cojín debajo.
Nunca había visto algo así, todo era muy nuevo para él en ese templo y cada día descubría
una nueva zona con nuevos libros, objetos,estatuas y decoraciones. Todo era genial en su
nuevo hogar.
-¿Qué es lo que realmente quieres, demonio? _dijo el sacerdote de forma seria, pero
calmada.
A Siotk le sentó un poco mal la pregunta y el adjetivo que todavía seguía persiguiéndole
pese a haber estado ya tres meses en aquel templo. Pensó durante unos segundos mirando
directamente a los ojos al sacerdote y, con gran firmeza, puso su mano sobre la mesa. Su
corta edad no era igual a su gran capacidad de pensamiento.
-Agradeceros la hospitalidad y... _suspiró, algo nervioso, y volvió a coger aire._ ¡Quiero ser
un paladín de la diosa Hestia! ¡Entrenadme, por favor!
El chico había levantado un poco la voz llamando la atención de algunos clérigos que
estaban cerca. Todos tenían ojos como platos al oír aquellas palabras, pero el sacerdote
seguía sereno. Sabía algo.
-Es curioso… La diosa me pidió que te entrenase, pero nunca esperé ningún tipo de
determinación por parte de un ser como tú. No entiendo como un demonio siquiera piense
en ser un paladín de una diosa ni mucho menos como esta lo acepte como tal, pero haré lo
posible para que todo ocurra como ella me ha pedido, joven Siotk. Te daré una sola
oportunidad y, como se te ocurra hacer cualquier maldad, seré yo mismo quien se enfrente
a ti. Graba mis palabras.
El silencio tras estas palabras heló la sangre al jovenzuelo, el cual miró con algo de miedo
imbuido en tristeza y rabia. El sacerdote contestó con una mirada desafiante contra tal
expresión y avisó a diversos clérigos para que le llevasen a su primer entrenamiento.
-Seré el mejor de los paladines que hayáis tenido en este templo. _dijo Siotk una vez
llegaron los clérigos.
-Eso quisiera verlo, pequeño. Crecerás y te criarás con nuestras costumbres, atente a ellas.
La tensión se palpó en el ambiente después de aquellas dos frases, tanto que los clérigos
tiraron ligeramente de los nuevos ropajes del joven para apartarlo del sacerdote.
Durante el paso por los largos y decorados pasillos del templo se mantuvo completo
silencio, únicamente se oían los pasos de la gente que pasaba y de ellos mismos andando
por el pasillo. Llevaban unos minutos andando, todo el trayecto el joven andaba pensando
en lo que había acabado de ocurrir entrando en un círculo vicioso de rabia y prepotencia
hasta que ya no se pudo contener más. El joven cogió aire y, justo cuando iba a abrir la
boca, el clérigo a su derecha le interrumpió.
-Ya hemos llegado, pequeño._ dijo con un suave alivio en su voz.
Abrió una puerta con un adorno que brillaba en su centro, un escudo dorado chapado en la
puerta brillaba de forma reluciente. No contento con la suave, pero bonita, presentación, al
abrir la puerta, la luz solar del día cegó de sopetón los ojos del joven que, tras aclarar su
vista, sonrió frente al paisaje que siempre había soñado con ver. Un gran campo vallado
decorado con muñecos de práctica, equipos, armas, escudos, armaduras e, incluso,
caballos se alzaba ante él. Varias razas se entrenaban en el campo con falsas armas
combatiendo entre ellos mientras una especie de profesor guiaba y explicaba las formas
más precisas de atacar. Nunca había visto algo así. A Siotk hacía mucha ilusión empezar
con su entrenamiento, la diosa que tanto había leído en el pasado había hecho caso a sus
plegarias y le había recomendado para formar parte de las filas de sus paladines. Era un
sueño hecho realidad con el que, además, iba a demostrar al sacerdote que, pese a ser un
demonio, el rasgo de paladín lo podría remarcar con mucho orgullo.
Entrenó y entrenó, estudió y estudió, se esforzó y se volvió a esforzar. Su vida era día y
noche aprendizaje contínuo, quería ser el mejor. Poco a poco se fue forjando un lugar entre
los paladines de la zona gracias a los enormes avances que era capaz de hacer en menos
tiempo que los demás, ganó una pequeña fama por su determinación y porque, la Diosa,
Hestia, se había fijado en él y mantenía su punto de mira en los avances del joven aprendiz.
Pronto la fama dio paso a un pequeño grupo de gente que, llevada por la envidia, intentó
hacer lo posible para que Siotk no tuviese un brillante futuro. El sacerdote no dejaba de
hablar del joven demonio y como la Diosa deseaba tanto que el camino que estaba
emprendiendo como paladín fuese a más haciendo que otros paladines y algunos clérigos
sintiesen rabia por ese favoritismo que tenía la Diosa.
Harto de tanta estupidez, Siotk decidió emprender un viaje por las ciudades de distintos
reinos estudiando y entrenando en tantas iglesias, conventos, caballerías y bibliotecas como
fuere posible. Consiguió desarrollar su sabiduría como paladín, sabía pelear muy bien, era
conocedor de mucha información acerca de Hestia y sabía cómo hablar ante sacerdotes.
Todo el entrenamiento en ese templo y la iglesia cercana fueron de grandísima ayuda para
el joven, pero no podía quedarse ahí.
- En vista de que ni para esto podéis dejar vuestros sentimientos apartados, he decidido
marcharme de este templo a explorar el mundo y a aprender mucho más de lo que me
ofrecéis vos y su agradable y falso cotilleo de la Diosa sobre mí para poner a sus pupilos en
mi contra. Gracias por la hospitalidad de los demás clérigos durante todos estos años,
gracias a usted por haber seguido los deseos de la Diosa de no asesinarme y entrenarme y
gracias por hacer ver que los progresos de un “demonio”, como me sigue llamando cuando
habla con otros, son mucho mejores que los de sus enchufados pupilos que solo saben que
envidiarme sin poner el mínimo esfuerzo en lo que hacen para intentar ser mejores que yo.
Me marcho de este templo. Quizás no vuelva nunca, pero volverá a saber de mí y, cuando
eso ocurra, será por mis grandes hazañas y por ayudar a los demás templos en sus
distintos cometidos. Bendecidos sean todos, hasta más ver.
Después de estas palabras, Siotk, ya preparado para partir, dio media vuelta y salió del
templo con la cabeza bien alta y los ánimos todavía más elevados.
Pasó años por todo Eshana adquiriendo conocimientos religiosos y entrenándose como un
formidable guerrero visitando los diferentes templos y bibliotecas. Gracias a todo esto,
consiguió estar al tanto de la gran fiesta dedicada a los dioses, algo que no se podía perder
por nada en el mundo. Fentia, su nuevo destino, donde solo iba a venerar a su diosa, quien
le proporcionó la fuerza necesaria para afrontar todo lo que le ocurrió, fue el final de una
etapa y el inicio de otra. Fue donde una nueva vida empezó.
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