Proyecto Skywing: Todo inició con un vaso de leche
Portada por Lutece
Proyecto Skywing: Relatos de la Revolución-Todo inició con un vaso de leche...
Autor: Manuel Rodrigo Morales Reyes
Toda Buena historia inicia con un tarro de cerveza, toda gran historia inicia con una copa de vino, una excelente historia con un alcohol más fuerte. Pero las leyendas comienzan siempre con un vaso de leche. ¡Camarera, trae más copas a esta mesa, esta vez yo invito! A lo que iba: Ustedes llevan horas hablando de historias que han sucedido por todo el conteniente europeo, llevando Hispania, Atalia y Franmania en la delantera, pero se les está olvidando la que sucedió, aquí mismo, en este lugar, hace no muchos años.
Tras la derrota del General Peña en Ukrajina, muchos de sus hombres fueron prisioneros, recuerdo que yo me deshice del mi uniforme en medio de la confusión y la lluvia, me tiré al barro con tal de parecer un pordiosero envuelto en el campo de batalla, me quité mis ropas para quedar sólo con mi pantalón y un paliacate. No pensé que eso me salvaría.
¡BANG! ¡TAM!
Mis compañeros fueron asesinados, en cuanto veían que tenían uniforme azul, no lo dudaban, los mataban. Muy pocos sobrevivieron y gracias a quitarse el uniforme, sin embargo, los que fueron asesinados fueron los más afortunados. Luego fuimos hechos prisioneros y obligados a trabajar en minas o en fábricas para la construcción de nuevos barcos de guerra Ironclad, que como ustedes saben, son el pilar esencial que hace fuerte a Zerros.
¡CLINC! ¡SHUN! ¡CHAN!
Los obreros fueron esclavos de sus propias fábricas, los mineros eran subyugados a la oscuridad de las minas que constantemente se derrumbaban gracias a que eran campo de pruebas de armas, los campesinos debían entregar comida sin quedarse ni con un solo grano con el cuál alimentar a sus familias, los niños eran muñecos de prueba para los constantes abusos que les propinaban los soldados de Zerros. Inclusive yo mismo fui esclavizado de una de las fábricas en el área sureste de Ukrajina, en la que se dedicaba a crear a la infantería mecanizada.
Recuerdo que conocí a mucha gente que hacía su labor como podía, pero si al capataz no le gustaba algo de ellos: su aspecto, su cansancio o su olor, los mandaba a ejecutar. Creo que varios de ustedes recuerdan el hedor que desprendían los cuerpos de nuestros amigos que nadie se molestó en enterrarlos ni darles alguna despedida. En varias ocasiones le salvé la vida a algunos colegas porque los buscaban por haberse robado el pan de la bóveda, por ello pagué muy caro en una ocasión. Me interpuse entre un soldado y un obrero que había tirado varios metales tras haberse desmayado por el hambre, y uno de los robots que le acompañaba me atacó con sus cuchillas la cara haciendo una especie de equis. de ahí mi mítica cicatriz y mis dientes de oro.
La sangre salía a borbotones de nuestros cuerpos, los estómagos rugían por algo que nos habían quitado, la miseria humana no era la pobreza en sí, nuestros Derechos Humanos derogados a punta de cañón... lo que no podían quitarnos de la cabeza, era ese resentimiento hacia sus barcos, hacia sus risas estúpidas de hijos de puta tras burlarse del daño que le hacían a los indefensos, hacia su líder, Falacci y su perro faldero Samuel de Ángelo. Había que actuar, pero no teníamos armas, comida, ni motivación por el qué luchar si nos tenían con la boca llena con el cuero de una bota y nuestra bebida era nuestro propio flujo sanguíneo.
He de recordar incluso por qué los odiamos: nos quitaron algún familiar, lastimaron a un conocido, nos quitaron nuestro deseo de vivir y por qué vivir. Me acuerdo incluso de las historias que me contaron de qué extrañaban antes de la invasión: el sabor de las pizzas importadas de Atalia, los chocolates de nuestros hermanos, la comida de mamá, la suavidad de nuestros cuerpos con la cama, dormir sin pensar en qué momento del día de mañana nos matarán, en el zumbido de nuestros relojes al marcar la hora, la radio holográfica, los medios de entretenimiento, los amigos ahora muertos, nuestra familia desaparecida.
Camarera, muchas gracias, si quiere puede sentarse a escuchar mi relato, si lo desea, yo le invito algo, lo que usted quiera.
No pasaban los días en que quería que fuese una mala pesadilla, levantarme de la cama, saludar a papá y mamá, a mi mayordomo 451 y salir al pueblo a trabajar, salir de parranda y quizá explorar Franmania o el otro extremo del océano para vacacionar. Pero no era así, despertaba y veía el techo desgajado de la choza metálica en la que nos resguardaban, rodeados de los guardias mecánicos que abrían fuego a todo aquél que se escapaba, algunos se llegaron a suicidar en manos de esos robots con tal de dejar se seguir siendo esclavizados en nuestros propios trabajos que antes nos garantizaban la paga para continuar yendo para obtener más beneficios y creer que estábamos realizando algo por nuestra Nación, no sé, construyendo autos y no como ahora que estamos conscientes de que estábamos fabricando las balas y los misiles que matarán a nuestros hermanos que combatían a Zerros…
Pero como todo mal, es un solo día que se necesita para demostrar de qué estábamos hechos. Aún recuerdo el día... una compañera, en paz descanse, Luba, me consiguió un poco de leche de vaca que logró robar de una bóveda, ella sabía que me gustaba la leche de vaca, fue casi un regalo. A escondidas tomé un vaso y me bebí una parte y le dejé un poco a mi compañera. Salimos de nuevo a “trabajar” cuando Luba es atravesada por una de las balas de un guardia, matándola al acto.
-¡No tenías que hacer eso! –Grité mientras trataba en vano de levantarla, esperando que estuviese viva.- ¡No tenías por qué!
El hombre reía y seguía fumando desde su puesto en lo alto de una torre de vigilancia.
-¡Luba! –Grité a su cuerpo.- ¡Luba!
Recuerdo que su mirada aún conservaba esa alegría de haber saboreado en mucho tiempo un vaso de leche, su sonrisa lo decía todo, sus ojos centellaban alegría a pesar de haber muerto. Cerré sus ojos y lancé un insulto al guardia. Tras de mí, Joseph, el novio de Luba, corrió al cuerpo mientras lloraba, gritaba su nombre y estalló en lágrimas y gritos, cada vez más fuertes.
-A todo el personal –decía en lo alto de la fábrica un megáfono.- se le dan nuevas instrucciones de que si encuentran actitudes sospechosas, sean reprimidas inmediatamente, Samuel de Ángelo trae una nueva tecnología a esta fábrica para su uso...
Mientras eso pasaba, caminé hacia mi puesto no sin antes oír cómo varios obreros eran asesinados a tiros sólo por robarse un pan.
-¡Detente! –Gritó un joven que perdió parte de su cráneo tras recibir un escopetazo-.
-Si siguen sublevándose seguiremos matando a sus amigos hasta que aprendan a no meterse con nosotros, aunque eso amerite quedarnos sin mano de obra –decía un tipo mientras empujaba los cuerpos a una esquina, en donde había otros ya putrefactos-.
Llegué a mi zona de trabajo, seguí manipulando los materiales cuando mi compañero al lado empezó a vomitar sangre sobre su equipo.
¡BURRRGGHH!
-Eh, tranquilo, tranquilo –indiqué.- pediré ayuda
Y que en eso llega un oficial
-¿Está muy enfermo?
-Sólo necesita un doctor, está bien, no es nada
-Si sigue vomitando así sobre nuestro material, obstruirá por completo nuestro proyecto
¡BUUUURRGGHH!
-Se lo advertí
Y antes de que pudiese coger su arma, sin pensarlo, la tomé y la metí por su boca y tiré del gatillo, su cabeza dejó de sostenerse, se ladeó sobre sus hombros y cayó sobre el vómito sanguinolento de mi colega. Como un asesino, miré mi crimen atónito y luego a los lados, varios soldados iban ahora tras de mí apuntando, pues aún sostenía la pistola.
-¡Carajo! –grité mientras corría escaleras arriba en rumbo a la oficina de dirección de la fábrica
¡TUM!
Me atrincheré y fue ahí cuando la vi, como si de una dama se tratase, ahí la vi, sola, flotando en mitad de las máquinas. El Skywing que ahora nos ha salvado. Estaba absorto de la realidad, ignoraba que algunos trataban de echar la puerta debajo de la habitación. Vi el espejo del interior de la pirámide y fue ahí cuando la sostuve en mis brazos como si de una hija se tratase, abrí su cristal, toqué el espejo... ¡La Revolución ahora había comenzado!
Desde mi posición, vi cómo las máquinas que construíamos, se sublevaron contra ellos, aplastando sus cuerpos contra los muros, despedazando sus brazos opresoras cuando eran atrapados, muertos por las armas que ellos mismos habían creado. Vi cómo cada obrero, hombre, mujer, tomaba su herramienta y le abría la cabeza a su guardia y luego tomaban sus rifles. Los asesinos asesinados, los verdugos enjuiciados, la Muerte renegada. Gente famélica y enferma luchaba ahora por ese último respiro de libertad, el momento había llegado, era ese día.
¡FUM¡
-Ay diantre -tratando de huir, mi overol se enganchó con una mesa.
¡BOOM!
Un cohete fue hacia el lugar en el que estaba, derrumbándolo todo. Terminé en el suelo, aunque sin nada que tapase mi pecho, ileso, no supe por qué. Bueno, si supe; El Skywing había creado una clase de escudo de energía que me protegía de las balas y los escombros, noté que varios fragmentos metálicos flotaban en el aire, con sólo pensarlo, los arrojé contra los pechos de unos soldados, ahora molidos por la velocidad que estos alcanzaron, llenando el ambiente de ese humo rojo que adquiere la sangre a gran velocidad.
-¡Por favor, no! ¡Aahh!
Los antes guardias, ahora eran masacrados sin misericordia por los resentidos proletariados, su sed de odio y venganza era ahora excusa para ensañarse con todo aquél que sirviese a Zerros.
Joseph se encontró al guardia que mató a Luba y le vació el arma con tanta saña que un forense se habría ahorrado el trabajo de abrirle las costillas para constatar la evidente causa de muerte.
¡EEHHHH! –un soldado enemigo gritó a mi espalda, trató de rebanarme pero su espada quedó en el aire, la tomé y con ella le arranqué de un tajo el hueso hioides-.
Recogí otra espada y me uní a los otros, el enemigo no era nada contra mi habilidad con los sables, mi velocidad y la manipulación de los metales que yo ejercía, incluso de forma antinatural los empujaba y terminaban ensartados en las vigas derruidas de las chozas, otros daban de lleno contra las rocas o simplemente morían por la onda expansiva que yo emanaba de mis manos.
-¡Barco de guerra Ironclad! –Gritó un chaval-.
En lo alto, como si de una nube negra se tratase, un barco clase Interceptor se dirigía al fragor de la lucha, en varias ocasiones disparó artillería contra nosotros, mató a varios con sus explosivos, pero yo, rugiendo como un león, logré detener los proyectiles al aire, generando un escudo de energía mucho más grande. ¡Ja! Los barcos voladores Ironclad son la columna vertebral del ejército de Zerros, su resistencia al fuego y su incomparable poder mermaron muchas vidas con sólo tirar bombas. Ahora, era diferente cuando uno es elegido por el skywing…
Pensando en libertad, velocidad y metal, conseguí que los restos metálicos que me rodeaban se suspendieran en el aire, luego, con una violenta velocidad los arrojé contra el barco que creía que nunca lo íbamos a alcanzar, los primeros impactos fueron contra su proa y el puente de mando, casi podía escuchar cómo eran rebanados como mantequilla cuando el metal les pasaba. Levanté unos cañones para que disparasen a pesar de no tener quién les sujetara y luego los lancé. El interceptor empezó a sacar fuego, se estaba partiendo por la mitad en una enorme estela de fuego, y con la intención de huir, se giró, puso sus impulsores a todo, luego los hice volar, como si de un helicóptero se tratase, dividiéndose en dos enormes pedazos, cayó dejando una estela de humo y fuego mientras el crujido de su blindaje lo hacía parecer a un grito de agonía que al final cesó cuando el barcó chocó contra la tierra, contra un campamento de tropas, luego hacia el campo de batalla, hacia donde yo estaba... quedó a escasos metros de mí, levantando la tierra y dejándome en un montículo: Oh si, esta parte es la que ustedes ya conocen: ¡Victoria! ¡¡Viva la Revolución!! ¡Viva el proletariado! ¡Larga vida a Ukrajina y a todos los nacidos en su lecho!
Cada hombre, mujer o niño celebraba la primera gran victoria de nuestro naciente grupo de resistencia: Leones Negros, en honor al Ejército de Leones de la Peña y los ejércitos del mundo que hacían frente al mal que Mister Falacci trajo al Mundo. En ese entonces, su líder, Yo, no tenía nombre...
No hasta que fuimos a luchar por Ukrajina y conocer a Gabriela Makarovich, mi esposa, en un pueblo cercano a Chernobil tras un bombardeo.
-Nos hacen falta doctores y no sé qué hacer –decía
-Tranquila –dije mientras me acercaba a unos niños cansados y malheridos, varios de ellos eran “búhos”, los característicos niños que perdieron sus miembros u ojos por culpa de un soldado, esos pobres niños robot-.
-Son sólo niños –decía Gabriela.- están cansados y tienen hambre, sólo mírelos
-¿Qué te hicieron en los ojos? –Preguntó uno de mis hombres a mi espalda a un niño búho-.
-Quise salvar a mi hermanito –dijo un niño con ojos de cristal de color azul, dignos de un androide.- uno de los soldados aplastó mis ojitos cual uvas
El niño empezó a llorar, sus lágrimas al menos denotaban que él era de verdad.
-Señora Gabriela –inicié.- salvaré a su gente, llamaré a mis médicos y con mi artefacto personal le garantizo que todo mundo volverá a sentir paz, tiene mi palabra.
Entonces ella agradeció y me abrazó, esquivando mi reluciente melena rubia.
Camarera ¿Por qué pone esa cara? ¿No le gusta mi relato? Venga, le invito otro trago, quédese, aún no he terminado.
Como dicen las leyendas, Gabriela se empezó a enamorar de mí, tanto así que me espiaba mientras me cambiaba de ropa, de hecho llegó a expresar su fascinación por mi camisa de red que llevo debajo de mis uniformes, según que remarcaba mi cuerpo. Yo ya sabía que ella adoraba muchas cosas de mí, le dejaba ese espectáculo de mi desnudez sólo para ella, luego se volvería mi novia y más tarde mi esposa. Tras ese momento, fue ahí cuando me di a conocer y todo gracias a mis hombres que averiguaron cómo me llamaba realmente.
¡Viva la Revolución! ¡Viva Federico I. Makarovich!
Posters fueron pegados en los muros con mi imagen, muchos los empezaron a garafatear con mi cicatriz o los usaban de estandartes a lo largo y ancho de toda Ukrajina, ahora nadie estaba dispuesto a subyugarse, ahora sabían que la libertad era unirse a mí y echar de una vez por todas a Zerros.
Con el pasar de los años, incontables batallas las teníamos ganadas, las fábricas que tomábamos las destruíamos y nos quedábamos con lo sobrante ahí, liberábamos a los oprimidos, tuvimos nuestra propia flota para hacer frente a Zerros, pero sobre todo... ¿De qué servía tener poderosas armas de fuego? ¿Resistentes barcos de guerra? ¿Aliados mecánicos y chucherías para combatir al enemigo si no tenemos cómo luchar? La respuesta, los tengo a ustedes, han rebasado la barrera de la muerte y la vida para volverse leyendas junto a mi ejército, que han decidido quedarse a demostrar su valía, su ímpetu en el campo de batalla y en el frenesí de ver a esta Nación sin cadenas, con esa visión de ver a nuestros hijos correr por el campo sin temer por su vida ni la de otros, de volver a ganarse el pan por medio del trabajo y no robando, de salir a las calles a gritar al cielo ¡Amo mi país! ¡De volver a ese momento en que papá y mamá te enseñaron por qué estás aquí!
¡Señores! Hoy nos preparamos para las últimas de nuestras batallas, ahora que Zerros y Samuel de Ángelo han decidido enviar a su flota entera a eliminarnos, he de recordarles que no importa si somos de diferentes naciones, que nuestras pieles varían en color y nuestros idiomas chocan hasta confundirse. Hoy somos uno, iremos al campo de batalla a morir de ser necesario para salvar nuestro país, para garantizar a las siguientes generaciones que podrán decir un “Te amo” sin estar delante de un féretro, oportunidad que a nosotros nos fue negada. Hoy le negaremos a Zerros la oportunidad de saborear su victoria pasando por los huesos de nuestra gente, primero que se chupen su sangre, que se dejen por sentados quiénes somos. Que quiénes les hicieron perder a muchas tropas y muchos recursos se llamó Federico I. Makarovich, liderando a los Leones Negros, nuestro rugido no va a ser silenciado durante siglos, nuestro rugido perdurará hasta el último día en que el último hombre en la faz de la tierra deje de respirar.
Lo sé Camarera, por eso me voy, no sin antes pagarle. Si este es mi destino, no me niego. Pero el destino nos pone el papel, y yo tengo la pluma para escribir mi historia…
“Mamá, sé que no fui el chico que querías, he huido de las responsabilidades durante mi vida y hoy me he vuelto el líder de una Revolución en otro país lejos de casa. Si llegas a escuchar mi nombre en un funeral, sólo recuerda siempre seré tu querido niño y con mucho gusto recibiría un abrazo de ti y de papá. Hoy me volví Federico I. Makarovich, Ahora lidero a los Leones Negros a un destino incierto, ignoro cuántos llegásemos a perder, incluyéndome. Pero que sé que tengo un regalo para ti y te lo estoy dedicando. Hoy te dedico la Libertad”.
Proyecto Skywing: Relatos de la Revolución-Todo inició con un vaso de leche...
Autor: Manuel Rodrigo Morales Reyes
Toda Buena historia inicia con un tarro de cerveza, toda gran historia inicia con una copa de vino, una excelente historia con un alcohol más fuerte. Pero las leyendas comienzan siempre con un vaso de leche. ¡Camarera, trae más copas a esta mesa, esta vez yo invito! A lo que iba: Ustedes llevan horas hablando de historias que han sucedido por todo el conteniente europeo, llevando Hispania, Atalia y Franmania en la delantera, pero se les está olvidando la que sucedió, aquí mismo, en este lugar, hace no muchos años.
Tras la derrota del General Peña en Ukrajina, muchos de sus hombres fueron prisioneros, recuerdo que yo me deshice del mi uniforme en medio de la confusión y la lluvia, me tiré al barro con tal de parecer un pordiosero envuelto en el campo de batalla, me quité mis ropas para quedar sólo con mi pantalón y un paliacate. No pensé que eso me salvaría.
¡BANG! ¡TAM!
Mis compañeros fueron asesinados, en cuanto veían que tenían uniforme azul, no lo dudaban, los mataban. Muy pocos sobrevivieron y gracias a quitarse el uniforme, sin embargo, los que fueron asesinados fueron los más afortunados. Luego fuimos hechos prisioneros y obligados a trabajar en minas o en fábricas para la construcción de nuevos barcos de guerra Ironclad, que como ustedes saben, son el pilar esencial que hace fuerte a Zerros.
¡CLINC! ¡SHUN! ¡CHAN!
Los obreros fueron esclavos de sus propias fábricas, los mineros eran subyugados a la oscuridad de las minas que constantemente se derrumbaban gracias a que eran campo de pruebas de armas, los campesinos debían entregar comida sin quedarse ni con un solo grano con el cuál alimentar a sus familias, los niños eran muñecos de prueba para los constantes abusos que les propinaban los soldados de Zerros. Inclusive yo mismo fui esclavizado de una de las fábricas en el área sureste de Ukrajina, en la que se dedicaba a crear a la infantería mecanizada.
Recuerdo que conocí a mucha gente que hacía su labor como podía, pero si al capataz no le gustaba algo de ellos: su aspecto, su cansancio o su olor, los mandaba a ejecutar. Creo que varios de ustedes recuerdan el hedor que desprendían los cuerpos de nuestros amigos que nadie se molestó en enterrarlos ni darles alguna despedida. En varias ocasiones le salvé la vida a algunos colegas porque los buscaban por haberse robado el pan de la bóveda, por ello pagué muy caro en una ocasión. Me interpuse entre un soldado y un obrero que había tirado varios metales tras haberse desmayado por el hambre, y uno de los robots que le acompañaba me atacó con sus cuchillas la cara haciendo una especie de equis. de ahí mi mítica cicatriz y mis dientes de oro.
La sangre salía a borbotones de nuestros cuerpos, los estómagos rugían por algo que nos habían quitado, la miseria humana no era la pobreza en sí, nuestros Derechos Humanos derogados a punta de cañón... lo que no podían quitarnos de la cabeza, era ese resentimiento hacia sus barcos, hacia sus risas estúpidas de hijos de puta tras burlarse del daño que le hacían a los indefensos, hacia su líder, Falacci y su perro faldero Samuel de Ángelo. Había que actuar, pero no teníamos armas, comida, ni motivación por el qué luchar si nos tenían con la boca llena con el cuero de una bota y nuestra bebida era nuestro propio flujo sanguíneo.
He de recordar incluso por qué los odiamos: nos quitaron algún familiar, lastimaron a un conocido, nos quitaron nuestro deseo de vivir y por qué vivir. Me acuerdo incluso de las historias que me contaron de qué extrañaban antes de la invasión: el sabor de las pizzas importadas de Atalia, los chocolates de nuestros hermanos, la comida de mamá, la suavidad de nuestros cuerpos con la cama, dormir sin pensar en qué momento del día de mañana nos matarán, en el zumbido de nuestros relojes al marcar la hora, la radio holográfica, los medios de entretenimiento, los amigos ahora muertos, nuestra familia desaparecida.
Camarera, muchas gracias, si quiere puede sentarse a escuchar mi relato, si lo desea, yo le invito algo, lo que usted quiera.
No pasaban los días en que quería que fuese una mala pesadilla, levantarme de la cama, saludar a papá y mamá, a mi mayordomo 451 y salir al pueblo a trabajar, salir de parranda y quizá explorar Franmania o el otro extremo del océano para vacacionar. Pero no era así, despertaba y veía el techo desgajado de la choza metálica en la que nos resguardaban, rodeados de los guardias mecánicos que abrían fuego a todo aquél que se escapaba, algunos se llegaron a suicidar en manos de esos robots con tal de dejar se seguir siendo esclavizados en nuestros propios trabajos que antes nos garantizaban la paga para continuar yendo para obtener más beneficios y creer que estábamos realizando algo por nuestra Nación, no sé, construyendo autos y no como ahora que estamos conscientes de que estábamos fabricando las balas y los misiles que matarán a nuestros hermanos que combatían a Zerros…
Pero como todo mal, es un solo día que se necesita para demostrar de qué estábamos hechos. Aún recuerdo el día... una compañera, en paz descanse, Luba, me consiguió un poco de leche de vaca que logró robar de una bóveda, ella sabía que me gustaba la leche de vaca, fue casi un regalo. A escondidas tomé un vaso y me bebí una parte y le dejé un poco a mi compañera. Salimos de nuevo a “trabajar” cuando Luba es atravesada por una de las balas de un guardia, matándola al acto.
-¡No tenías que hacer eso! –Grité mientras trataba en vano de levantarla, esperando que estuviese viva.- ¡No tenías por qué!
El hombre reía y seguía fumando desde su puesto en lo alto de una torre de vigilancia.
-¡Luba! –Grité a su cuerpo.- ¡Luba!
Recuerdo que su mirada aún conservaba esa alegría de haber saboreado en mucho tiempo un vaso de leche, su sonrisa lo decía todo, sus ojos centellaban alegría a pesar de haber muerto. Cerré sus ojos y lancé un insulto al guardia. Tras de mí, Joseph, el novio de Luba, corrió al cuerpo mientras lloraba, gritaba su nombre y estalló en lágrimas y gritos, cada vez más fuertes.
-A todo el personal –decía en lo alto de la fábrica un megáfono.- se le dan nuevas instrucciones de que si encuentran actitudes sospechosas, sean reprimidas inmediatamente, Samuel de Ángelo trae una nueva tecnología a esta fábrica para su uso...
Mientras eso pasaba, caminé hacia mi puesto no sin antes oír cómo varios obreros eran asesinados a tiros sólo por robarse un pan.
-¡Detente! –Gritó un joven que perdió parte de su cráneo tras recibir un escopetazo-.
-Si siguen sublevándose seguiremos matando a sus amigos hasta que aprendan a no meterse con nosotros, aunque eso amerite quedarnos sin mano de obra –decía un tipo mientras empujaba los cuerpos a una esquina, en donde había otros ya putrefactos-.
Llegué a mi zona de trabajo, seguí manipulando los materiales cuando mi compañero al lado empezó a vomitar sangre sobre su equipo.
¡BURRRGGHH!
-Eh, tranquilo, tranquilo –indiqué.- pediré ayuda
Y que en eso llega un oficial
-¿Está muy enfermo?
-Sólo necesita un doctor, está bien, no es nada
-Si sigue vomitando así sobre nuestro material, obstruirá por completo nuestro proyecto
¡BUUUURRGGHH!
-Se lo advertí
Y antes de que pudiese coger su arma, sin pensarlo, la tomé y la metí por su boca y tiré del gatillo, su cabeza dejó de sostenerse, se ladeó sobre sus hombros y cayó sobre el vómito sanguinolento de mi colega. Como un asesino, miré mi crimen atónito y luego a los lados, varios soldados iban ahora tras de mí apuntando, pues aún sostenía la pistola.
-¡Carajo! –grité mientras corría escaleras arriba en rumbo a la oficina de dirección de la fábrica
¡TUM!
Me atrincheré y fue ahí cuando la vi, como si de una dama se tratase, ahí la vi, sola, flotando en mitad de las máquinas. El Skywing que ahora nos ha salvado. Estaba absorto de la realidad, ignoraba que algunos trataban de echar la puerta debajo de la habitación. Vi el espejo del interior de la pirámide y fue ahí cuando la sostuve en mis brazos como si de una hija se tratase, abrí su cristal, toqué el espejo... ¡La Revolución ahora había comenzado!
Desde mi posición, vi cómo las máquinas que construíamos, se sublevaron contra ellos, aplastando sus cuerpos contra los muros, despedazando sus brazos opresoras cuando eran atrapados, muertos por las armas que ellos mismos habían creado. Vi cómo cada obrero, hombre, mujer, tomaba su herramienta y le abría la cabeza a su guardia y luego tomaban sus rifles. Los asesinos asesinados, los verdugos enjuiciados, la Muerte renegada. Gente famélica y enferma luchaba ahora por ese último respiro de libertad, el momento había llegado, era ese día.
¡FUM¡
-Ay diantre -tratando de huir, mi overol se enganchó con una mesa.
¡BOOM!
Un cohete fue hacia el lugar en el que estaba, derrumbándolo todo. Terminé en el suelo, aunque sin nada que tapase mi pecho, ileso, no supe por qué. Bueno, si supe; El Skywing había creado una clase de escudo de energía que me protegía de las balas y los escombros, noté que varios fragmentos metálicos flotaban en el aire, con sólo pensarlo, los arrojé contra los pechos de unos soldados, ahora molidos por la velocidad que estos alcanzaron, llenando el ambiente de ese humo rojo que adquiere la sangre a gran velocidad.
-¡Por favor, no! ¡Aahh!
Los antes guardias, ahora eran masacrados sin misericordia por los resentidos proletariados, su sed de odio y venganza era ahora excusa para ensañarse con todo aquél que sirviese a Zerros.
Joseph se encontró al guardia que mató a Luba y le vació el arma con tanta saña que un forense se habría ahorrado el trabajo de abrirle las costillas para constatar la evidente causa de muerte.
¡EEHHHH! –un soldado enemigo gritó a mi espalda, trató de rebanarme pero su espada quedó en el aire, la tomé y con ella le arranqué de un tajo el hueso hioides-.
Recogí otra espada y me uní a los otros, el enemigo no era nada contra mi habilidad con los sables, mi velocidad y la manipulación de los metales que yo ejercía, incluso de forma antinatural los empujaba y terminaban ensartados en las vigas derruidas de las chozas, otros daban de lleno contra las rocas o simplemente morían por la onda expansiva que yo emanaba de mis manos.
-¡Barco de guerra Ironclad! –Gritó un chaval-.
En lo alto, como si de una nube negra se tratase, un barco clase Interceptor se dirigía al fragor de la lucha, en varias ocasiones disparó artillería contra nosotros, mató a varios con sus explosivos, pero yo, rugiendo como un león, logré detener los proyectiles al aire, generando un escudo de energía mucho más grande. ¡Ja! Los barcos voladores Ironclad son la columna vertebral del ejército de Zerros, su resistencia al fuego y su incomparable poder mermaron muchas vidas con sólo tirar bombas. Ahora, era diferente cuando uno es elegido por el skywing…
Pensando en libertad, velocidad y metal, conseguí que los restos metálicos que me rodeaban se suspendieran en el aire, luego, con una violenta velocidad los arrojé contra el barco que creía que nunca lo íbamos a alcanzar, los primeros impactos fueron contra su proa y el puente de mando, casi podía escuchar cómo eran rebanados como mantequilla cuando el metal les pasaba. Levanté unos cañones para que disparasen a pesar de no tener quién les sujetara y luego los lancé. El interceptor empezó a sacar fuego, se estaba partiendo por la mitad en una enorme estela de fuego, y con la intención de huir, se giró, puso sus impulsores a todo, luego los hice volar, como si de un helicóptero se tratase, dividiéndose en dos enormes pedazos, cayó dejando una estela de humo y fuego mientras el crujido de su blindaje lo hacía parecer a un grito de agonía que al final cesó cuando el barcó chocó contra la tierra, contra un campamento de tropas, luego hacia el campo de batalla, hacia donde yo estaba... quedó a escasos metros de mí, levantando la tierra y dejándome en un montículo: Oh si, esta parte es la que ustedes ya conocen: ¡Victoria! ¡¡Viva la Revolución!! ¡Viva el proletariado! ¡Larga vida a Ukrajina y a todos los nacidos en su lecho!
Cada hombre, mujer o niño celebraba la primera gran victoria de nuestro naciente grupo de resistencia: Leones Negros, en honor al Ejército de Leones de la Peña y los ejércitos del mundo que hacían frente al mal que Mister Falacci trajo al Mundo. En ese entonces, su líder, Yo, no tenía nombre...
No hasta que fuimos a luchar por Ukrajina y conocer a Gabriela Makarovich, mi esposa, en un pueblo cercano a Chernobil tras un bombardeo.
-Nos hacen falta doctores y no sé qué hacer –decía
-Tranquila –dije mientras me acercaba a unos niños cansados y malheridos, varios de ellos eran “búhos”, los característicos niños que perdieron sus miembros u ojos por culpa de un soldado, esos pobres niños robot-.
-Son sólo niños –decía Gabriela.- están cansados y tienen hambre, sólo mírelos
-¿Qué te hicieron en los ojos? –Preguntó uno de mis hombres a mi espalda a un niño búho-.
-Quise salvar a mi hermanito –dijo un niño con ojos de cristal de color azul, dignos de un androide.- uno de los soldados aplastó mis ojitos cual uvas
El niño empezó a llorar, sus lágrimas al menos denotaban que él era de verdad.
-Señora Gabriela –inicié.- salvaré a su gente, llamaré a mis médicos y con mi artefacto personal le garantizo que todo mundo volverá a sentir paz, tiene mi palabra.
Entonces ella agradeció y me abrazó, esquivando mi reluciente melena rubia.
Camarera ¿Por qué pone esa cara? ¿No le gusta mi relato? Venga, le invito otro trago, quédese, aún no he terminado.
Como dicen las leyendas, Gabriela se empezó a enamorar de mí, tanto así que me espiaba mientras me cambiaba de ropa, de hecho llegó a expresar su fascinación por mi camisa de red que llevo debajo de mis uniformes, según que remarcaba mi cuerpo. Yo ya sabía que ella adoraba muchas cosas de mí, le dejaba ese espectáculo de mi desnudez sólo para ella, luego se volvería mi novia y más tarde mi esposa. Tras ese momento, fue ahí cuando me di a conocer y todo gracias a mis hombres que averiguaron cómo me llamaba realmente.
¡Viva la Revolución! ¡Viva Federico I. Makarovich!
Posters fueron pegados en los muros con mi imagen, muchos los empezaron a garafatear con mi cicatriz o los usaban de estandartes a lo largo y ancho de toda Ukrajina, ahora nadie estaba dispuesto a subyugarse, ahora sabían que la libertad era unirse a mí y echar de una vez por todas a Zerros.
Con el pasar de los años, incontables batallas las teníamos ganadas, las fábricas que tomábamos las destruíamos y nos quedábamos con lo sobrante ahí, liberábamos a los oprimidos, tuvimos nuestra propia flota para hacer frente a Zerros, pero sobre todo... ¿De qué servía tener poderosas armas de fuego? ¿Resistentes barcos de guerra? ¿Aliados mecánicos y chucherías para combatir al enemigo si no tenemos cómo luchar? La respuesta, los tengo a ustedes, han rebasado la barrera de la muerte y la vida para volverse leyendas junto a mi ejército, que han decidido quedarse a demostrar su valía, su ímpetu en el campo de batalla y en el frenesí de ver a esta Nación sin cadenas, con esa visión de ver a nuestros hijos correr por el campo sin temer por su vida ni la de otros, de volver a ganarse el pan por medio del trabajo y no robando, de salir a las calles a gritar al cielo ¡Amo mi país! ¡De volver a ese momento en que papá y mamá te enseñaron por qué estás aquí!
¡Señores! Hoy nos preparamos para las últimas de nuestras batallas, ahora que Zerros y Samuel de Ángelo han decidido enviar a su flota entera a eliminarnos, he de recordarles que no importa si somos de diferentes naciones, que nuestras pieles varían en color y nuestros idiomas chocan hasta confundirse. Hoy somos uno, iremos al campo de batalla a morir de ser necesario para salvar nuestro país, para garantizar a las siguientes generaciones que podrán decir un “Te amo” sin estar delante de un féretro, oportunidad que a nosotros nos fue negada. Hoy le negaremos a Zerros la oportunidad de saborear su victoria pasando por los huesos de nuestra gente, primero que se chupen su sangre, que se dejen por sentados quiénes somos. Que quiénes les hicieron perder a muchas tropas y muchos recursos se llamó Federico I. Makarovich, liderando a los Leones Negros, nuestro rugido no va a ser silenciado durante siglos, nuestro rugido perdurará hasta el último día en que el último hombre en la faz de la tierra deje de respirar.
Lo sé Camarera, por eso me voy, no sin antes pagarle. Si este es mi destino, no me niego. Pero el destino nos pone el papel, y yo tengo la pluma para escribir mi historia…
“Mamá, sé que no fui el chico que querías, he huido de las responsabilidades durante mi vida y hoy me he vuelto el líder de una Revolución en otro país lejos de casa. Si llegas a escuchar mi nombre en un funeral, sólo recuerda siempre seré tu querido niño y con mucho gusto recibiría un abrazo de ti y de papá. Hoy me volví Federico I. Makarovich, Ahora lidero a los Leones Negros a un destino incierto, ignoro cuántos llegásemos a perder, incluyéndome. Pero que sé que tengo un regalo para ti y te lo estoy dedicando. Hoy te dedico la Libertad”.
Category Story / Anime
Species Unspecified / Any
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