Bueno, hice un pequeño tracto con mi querida (?) maestra de literatura castellana: Le haré un cuento/historieta/microrelato o lo que sea por mes y ella no me bajará un punto de la media. Si, es una manera de hacerme trabajar de todas formas. Lo haria tambien con la de catalán, pero como no lo puedo poner en internet (Es que no hay furrys catalanes??), pues no me da la gana.
Bueno, pretendo hacer cosas entretenidas, almenos. ^^
Mitad del sol ya se perdía en el horizonte. Un sol poco vivo que teñía buena parte del cielo de un naranja oscuro pero muy confortable, contrastado por el nocturno azul-oscuro que insistía en ocupar la totalidad de la inmensa región celeste. Los coches que serpenteaban por las calles de la ciudad allí abajo ya llevaban los faros encendidos y cada vez se destacaban más. El día se terminaba, pero nada parecía cambiar en el insistente ritmo de la polución sonora que llena los aires. Pero desde allí arriba, todo cambiaba.
-Lo ves, ¿no? – Le preguntó el viejo, con su voz grave, flaca, pero siempre presente. Le preguntó al chico que, a su lado, miraba a toda aquella jungla de piedra con un rostro abobado. – ¿Puedes sentirlo?
-Sí… - murmuró con vaguedad el chaval. Era la primera vez que su tío le llevaba a aquél lugar; el más alto de todos aquellos rascacielos monstruosos que impregnaban a la ciudad como estacas distribuidas casi que aleatoriamente como en un campo de batalla medieval, todas con su reservada imponencia en medio de las construcciones más humildes. Y estaba contemplando a todas desde la más alta y imponente de todas. – …es poderoso…
El viejo sonrió con la reacción del chico. Recostado contra una pared de metal que separaba a las escaleras de aquél fantástico y alternativo mundo, puso la mano en el bolsillo de su vieja chaqueta y sacó un cigarrillo, el cuál encendió con tranquilidad. La agradable brisa que se experimentaba allí arriba soplaba el humo a medida que lo exhalaba.
-Poderoso es una buena definición. – Se limitó a decir, sin nunca dejar de sonreír. El chico, a unos pocos metros suyo, muy cerca del borde de la terraza de aquél gigante de concreto. Le daba las espaldas y estiraba ligera y involuntariamente el cuello para ver mejor el mundo que tenía abajo con toda su curiosidad, los dos ojitos brillando de excitación y deslumbramiento.
Por fin, relajó el cuello, liberó todo el aire de los pulmones y dejó caerse sentado en el sólido suelo. Con una expresión distante, se puso a mirar hacia arriba, hacia las primeras estrellas que se revelaban en medio del decadente imperio solar. El viejo le miró con curiosidad.
-¿Qué pasa? – Pregunta con el cigarrillo entre dientes. Pero no obtiene otra respuesta que no la expresión longincua de aquella criatura. Después de unos minutos de silencio, por fin bajó la mirada hacia su tío y le preguntó:
-¿No se puede ir más alto?
No contestó. El viejo solo le quedó mirando con un rostro atónito, con el cigarrillo colgando de entre su boca entreabierta. Esa pregunta le había cogido desprevenido. Dejó escapar una risita, exhaló una cantidad considerable de humo, tiró el que quedaba del cigarrillo en el suelo y lo pisó, caminando hacia el chico.
-¿Quién sabe? Pero venga, es la hora. – Le extendió una mano al niño, el cual la cogió y se dejó ayudar a levantarse. - Te enseñaré algo increíble. Cierra los ojos y sígueme. Y no te preocupes, yo estoy aquí. – Le decía el viejo, con serenidad y confianza en la voz flaca. Guió al chico tirándole de la mano hasta el más extremo borde de la hercúlea construcción y cerró los ojos. Las únicas evidencias de la existencia del sol eran los pocos rayos que aún se escapaban del calabozo del horizonte y la luna menguante ya era la diosa omnipresente de aquél escenario. Apretó a la mano de su sobrino y, abriendo vagarosamente los ojos, dejó que su cuerpo cayera al vacío, llevándolo consigo.
Ambos esbozaron una ligera sonrisa en sentir como sus cuerpos iban perdiendo la rigidez, como se tornaban más ligeros, como el viento les acariciaba con manos fugaces al rostro a medida que flotaban en el aire como si fueran pájaros. Como pájaros que buscaban la gloria de poder llegar a los brazos de los dioses, cada vez más y más alto en el mar negro.
Bueno, pretendo hacer cosas entretenidas, almenos. ^^
Mitad del sol ya se perdía en el horizonte. Un sol poco vivo que teñía buena parte del cielo de un naranja oscuro pero muy confortable, contrastado por el nocturno azul-oscuro que insistía en ocupar la totalidad de la inmensa región celeste. Los coches que serpenteaban por las calles de la ciudad allí abajo ya llevaban los faros encendidos y cada vez se destacaban más. El día se terminaba, pero nada parecía cambiar en el insistente ritmo de la polución sonora que llena los aires. Pero desde allí arriba, todo cambiaba.
-Lo ves, ¿no? – Le preguntó el viejo, con su voz grave, flaca, pero siempre presente. Le preguntó al chico que, a su lado, miraba a toda aquella jungla de piedra con un rostro abobado. – ¿Puedes sentirlo?
-Sí… - murmuró con vaguedad el chaval. Era la primera vez que su tío le llevaba a aquél lugar; el más alto de todos aquellos rascacielos monstruosos que impregnaban a la ciudad como estacas distribuidas casi que aleatoriamente como en un campo de batalla medieval, todas con su reservada imponencia en medio de las construcciones más humildes. Y estaba contemplando a todas desde la más alta y imponente de todas. – …es poderoso…
El viejo sonrió con la reacción del chico. Recostado contra una pared de metal que separaba a las escaleras de aquél fantástico y alternativo mundo, puso la mano en el bolsillo de su vieja chaqueta y sacó un cigarrillo, el cuál encendió con tranquilidad. La agradable brisa que se experimentaba allí arriba soplaba el humo a medida que lo exhalaba.
-Poderoso es una buena definición. – Se limitó a decir, sin nunca dejar de sonreír. El chico, a unos pocos metros suyo, muy cerca del borde de la terraza de aquél gigante de concreto. Le daba las espaldas y estiraba ligera y involuntariamente el cuello para ver mejor el mundo que tenía abajo con toda su curiosidad, los dos ojitos brillando de excitación y deslumbramiento.
Por fin, relajó el cuello, liberó todo el aire de los pulmones y dejó caerse sentado en el sólido suelo. Con una expresión distante, se puso a mirar hacia arriba, hacia las primeras estrellas que se revelaban en medio del decadente imperio solar. El viejo le miró con curiosidad.
-¿Qué pasa? – Pregunta con el cigarrillo entre dientes. Pero no obtiene otra respuesta que no la expresión longincua de aquella criatura. Después de unos minutos de silencio, por fin bajó la mirada hacia su tío y le preguntó:
-¿No se puede ir más alto?
No contestó. El viejo solo le quedó mirando con un rostro atónito, con el cigarrillo colgando de entre su boca entreabierta. Esa pregunta le había cogido desprevenido. Dejó escapar una risita, exhaló una cantidad considerable de humo, tiró el que quedaba del cigarrillo en el suelo y lo pisó, caminando hacia el chico.
-¿Quién sabe? Pero venga, es la hora. – Le extendió una mano al niño, el cual la cogió y se dejó ayudar a levantarse. - Te enseñaré algo increíble. Cierra los ojos y sígueme. Y no te preocupes, yo estoy aquí. – Le decía el viejo, con serenidad y confianza en la voz flaca. Guió al chico tirándole de la mano hasta el más extremo borde de la hercúlea construcción y cerró los ojos. Las únicas evidencias de la existencia del sol eran los pocos rayos que aún se escapaban del calabozo del horizonte y la luna menguante ya era la diosa omnipresente de aquél escenario. Apretó a la mano de su sobrino y, abriendo vagarosamente los ojos, dejó que su cuerpo cayera al vacío, llevándolo consigo.
Ambos esbozaron una ligera sonrisa en sentir como sus cuerpos iban perdiendo la rigidez, como se tornaban más ligeros, como el viento les acariciaba con manos fugaces al rostro a medida que flotaban en el aire como si fueran pájaros. Como pájaros que buscaban la gloria de poder llegar a los brazos de los dioses, cada vez más y más alto en el mar negro.
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